- Tenemos que hablar de las tierras raras - le dije a mi amigo- y me quedó mirando esbozando una leve e irónica sonrisa.
Cuando le dije eso, habían pasado exactamente 25 años de la tarde en que vino con su novia M. a tomar mate a nuestra prefabricada en las afueras de Bahía Desolada, un sábado a la tarde de primavera. Al llegar, me había dicho : "no me rompas las bolas con la fauna y la flora" . Siempre me decía algo así, cargándome, ante mi obsesión por el cuidado del medioambiente. Siendo yo un estudiante de segundo o tercer año de agronomía, no era raro que estuviese preocupado hacia fines de los 80 por esos tópicos: todavía manejábamos un proyecto de producción agropecuaria que atendía a la sustenibilidad de los ecosistemas, y abogabamos por la protección del recurso suelo y por el no abuso y buen uso de los agroquimicos y las tecnologías ( después vino la sojizacion de la mano de un gobierno revolucionario de derecha que introdujo el cultivo y luego otro gobierno revolucionario que decía ser de izquierda hizo omnipresente el cultivo a fuerza de lo que llamaban "el modelo" y las cosas se complicaron)
Mi amigo era un estudiante, a punto de recibirse, de geología. Nos conocíamos desde que habíamos hecho juntos la secundaria , y todas las tropelías anexas. Carpas, recitales, indisciplinas. servicio militar , amonestaciones, incluso trabajos para pagarnos los viajes a ver recitales de rock en Buenos Aires. Hacia fin de aquella época alfonsinista, de regreso a la democracia, nos juntábamos a cenar y escuchar música. C y M estaban siempre con nosotros.
Ahora eramos dos técnicos (¿tecnócratas?) , cada uno con su corporación, compitiendo por lo recursos. Yo iba por el suelo, el iba por el subsuelo. Yo admiraba los molisoles, esos suelos altamente productivos de los que El Pais de las Maravillas era feliz poseedor en sus pampas, capaces de producir alimentos para millones de seres humanos , y mi amigo, admiraba esos subsuelos llenos de oro y gas de shale. Pero yo sabia que había otra cosa: eran las tierras raras. De eso teníamos que hablar seriamente. La idea era no pelearnos y tratar de que nuestra amistad durara otros 25 años. Lo cierto es que el GPS (bah, los satélites de la NASA) daba una posición en la cual había recursos que ambos codiciábamos, en el mismo sitio. Arriba el humus, la capa fértil, capaz de producir hasta dos cosechas anuales hasta reunir en cualquier momento 150 millones de toneladas de granos y oleaginosas varias. Abajo, a diferentes profundidades, pasando por los huesos de los indios masacrados en la conquista del desierto, había maravillas como oro, plata , uranio, litio, petroleo, gas de shale , y ... las tierras raras! Claro que para sacar todo eso, seguramente habría que hacer grandes huecos, recurrir al fracking y a la megaminería, en fin, no parecía aventurar aquella simultaneidad geográfica una convivencia pacifica. Seguramente el me reprocharía que una especie de "visión túnel" de mi parte estaría afectando mi capacidad de percibir que sin los minerales y combustibles provistos por su industria, la mía no podría funcionar. Yo debería reprochar que quizá, debido un cierto interesado sesgo de su parte, no consideraba el despilfarro de recursos, la obsolecencia programada y la anuencia caprichosa de las grandes multinacionales y gobiernos a desaprovechar la recirculación y reciclaje de materiales. Pero todo esto estaba por verse.
Así que ahora, que nos encontrábamos después de tantos años en una estación de servicio en la Ruta 3 Sur, en un medio día ventoso y caluroso en que ambos veníamos viajando desde diferentes direcciones, la conversación se iba a poner interesante. Pedimos cerveza helada.
1 comentario:
esperando la segunda parte del encuentro, José.... Muy bueno!
un abrazo
Publicar un comentario