El Teniente Primero Díaz tenía surcado el rostro de cicatrices verticales. Eran su marca de la guerra contra el Ejercito Revolucionario de la Luna acaecida un par de años antes. Pero no era eso lo que me angustiaba a mí y a los otros soldados del destacamento, sino que ahora yo le estaba cebando mate mientras el se dedicaba minuciosamente a desarmar y armar una granada de fragmentación con su carga intacta, es decir, real y lista para estallar y volarnos la cabeza a los dos. Así que, siempre cerca de la escena, haciendo caso a su orden estricta de no alejarme mas de un paso y medio de donde él estaba, me encontraba yo. El, sentado, haciendo la macabra tarea de entretenimiento en medio de su propio manicomio privado; yo, de pié, en una especie de Purgatorio anticipado.
Era media noche en aquel verano tórrido, y se divisaba por la ventana a lo lejos el movimiento de las luces de los vehículos que trasportaban prisioneros. Uno no sabía exactamente lo que pasaba allá, en aquel campo de concentracion semioculto en una hondonada rodeada de tamariscales. Lo sabríamos 20 años después. Pero mirábamos por el rabillo del ojo lo que sucedia afuera en todas las direcciones y en todas las distancias, porque el movimiento tambien podria signficar un ataque externo hacia nosotros y eso nos mantenía alertas. Aunque esa atención era secundaria, periférica. La verdadera mirada se enfocaba a las temblorosas manos del Teniente y a la docena de partes metalicas siniestras que manipulaba. Por el momento, las tensiones pasaban por otro lado. Se trataba de que el mate saliera bien cebado, no sea cosa que el pulso del Teniente fallara a raiz de un mate demasiado caliente o demasiado lavado o demasiado algo. También que no ocurriera ninguna cosa imprevista, como un corte de luz, que podria haber puesto nervioso al veterano soldado, y quiza entonces hacerle errar en el armado de alguna pieza y así provocar la detonación del artefacto. O que le ocurriera un desmayo y nosotros no saber que hacer con esos resortes , conectores, palancas, carcasas y carga de trotyl calientes. O que el conscripto Pelaez estornudara sonoramente en el dormitorio, unos metros mas allá, en el que nadie pegaba un ojo, produciendo la hecatombe perfecta. Bastaba con que solo una chispa alcanzara los cajones de municiones con que nos pertrechabamos.
Así fué transcurriendo la madrugada, armandose y desarmandose de fantasmas que rondaban la muerte inconclusa del Teniente Primero Diaz. Y la nuestra.
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