miércoles, 9 de febrero de 2011

El Inesperado

  El hombre pasó mirándome de reojo y yo también lo miré de reojo. No iba a detener la desmalezadora ahora que había tomado impulso para cortar el yuyal veraniego. Luego buscó un rato y como no encontró a nadie mas en el parque se volvió hacia mí. No tuve mas remedio que apagar el motor, y sacarme los guantes para tenderle una mano, cosa que el ya estaba haciendo. Me dijo que estaba buscando a Contreras - "el viejo", para nosotros- su antiguo compañero de trabajo en este predio. Me saludó amablemente pero no entendí su nombre. Mientras yo dejaba la máquina caliente en el suelo, le explique que Contreras no estaba y si yo podía ayudarlo en algo.

-Nada, solo pasaba. Visitando viejos amigos. Me dijo.

Y siguió:

- Yo trabajé aquí hasta el año 2000, en que me accidenté


  Recién ahí advertí un feo agujero en su la garganta, tapado con una especie de tapón de plástico por el que escapaba aire cuando respiraba, y su dificultad al hablar. Me contó que había sufrido un accidente, que salió a la ruta en su Citroneta y que un camión le pasó por encima. Estuvo meses en terapia intensiva y dos años en el hospital. Dijo que le falta un pulmón, la cadera la tiene hecha polvo. Sus piernas, me cuenta, se las armaron de milagro. Y que me habla, dificultosamente, con las pocas cuerdas vocales que le quedan. Eso sí, no apaga el pucho. Parte del humo se escapa por el hueco de su garganta.

  Enseguida comenzó a darme consejos - que no le pedí, pero lo escuché y le seguí la corriente por cortesía, hasta admití que tenía razón cuando no la tenía- "Estas flores están mal aquí". "Las hormigas, matalas de la siguiente forma". "Estas malezas, contra la vereda, se combaten con soda caustica". "Yo, a la poda , la hacía en tal fecha." Sus palabras eran acompañadas por un escape de aire, como un silbido apagado, que salia de su herida abierta en la garganta, con trazos de humo del cigarro.

  Sonó el teléfono y tuve que alejarme del inquietante forastero por un momento, en el que lo perdí de vista. Cuando quise retomar la conversación, la que en realidad se había tornado un discurso unilateral en el que solo se me tenia asignado el rol de asentir ante la catarata de recomendaciones y reproches, ya el hombre no estaba en las inmediaciones. Para no mentir, diré que me sentí aliviado.

  Entonces lo vi a lo lejos, fugazmente, irse por el portón distante de la entrada, el que da al camino arbolado.

  Se fue sin saludar, lo que no me importó. Lo que comienza a intrigarme es como es que lo buscaba a Contreras, quien comenzó a trabajar aquí varios años después del 2000.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La vida nos lleva por tantos senderos que a veces desembocamos dònde menos creemos... hasta nos cuesta creer que llegamos ahì por pura casualidad y otras veces llegamos por que era el momento justo de llegar..valgame la redundancia..

A la pan con queso!!! vos sos jose, otro k me hace reflexionar...no se me quemaran los circuitos.jiji.

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