El sol cae oblicuo y suave hacia el fondo de este cráter de Fobos en el que estoy tendido boca arriba. Displicente, vagamente hilvanando algunas ideas dispersas, abro los párpados y veo que la luz comienza a extinguirse. Eso me da cierto bienestar, igual que la protección a los rayos cosmicos que me proporciona el traje espacial. La mochila hace de almohada. El arma de neutrones yace longitudinal a mi lado, como una novia que dormita. Está cargada, sin seguro, y lista para ser usada. Aunque en este estado de ensoñación en el que estoy inmerso, seguramente seré presa de cualquier ataque. Algunas preocupaciones comienzan a rondarme. Una brisa sucia sobrevuela mi estancia, trayendo un fino polvo rojo milenario a su paso. He quedado solo y perdido, y no se donde está el resto de la tripulación humana. Solo escucho a lo lejos el cuchicheo de los androides y otras máquinas que intentan improvisar una base de emergencia con los restos de nuestra nave . El cráter, ese pequeño y circustancial sitio del Universo en que la historia me ha depositado por unas horas, comienza a llenarse recuerdos, inquietudes y somnoliencias. Me despierto.
Me pongo manos a la obra.
Me pongo manos a la obra.
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