El Teniente tiene una cicatriz que le atraviesa la cara y una mirada inexpresiva y fría, inquietante. Arma y desarma la granada de fragmentación sobre el escritorio de la guardia y los rayos de la luna hacen brillar las partes metálicas de la escena: mi fusil, la pava, la bombilla y las piezas de la granada desparramadas.
El tipo está loco y me ha ordenado que yo esté parado al lado de él (“ni un paso atras”, me dijo) , cebandole mate, mientras él desmembra el artefacto asesino en un monton de piezas. Francamente, no entiendo por que no volamos los dos en cien pedazos. Con una mano sostiene el mate y con la otra coloca desordenadamente sobre la mesa el detonador electrónico, la carga explosiva de trotyl, el seguro, varios resortes, palancas y la carcaza surcada de mortales esquirlas; y vuelve a armar prolijamente todo hasta recomenzar.
Mis compañeros de la Clase 58 duermen. El mate esta frio y lavado. Alguien escribe la historia, o su versión de ella, anodina, antojadiza, ligth, con suave pluma, en alguna distante y cómoda encrucijada espacio-tiempo.
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