Aquella madrugada me tocó la guardia a las dos de la mañana. A los pocos minutos de relevar a Ricardito comenzó a llover . El bosque alrededor de la residencia estaba cerrado y oscuro, y las pocas luces que tímidamente alumbraban estaban alrededor de la casa en la que dormía el coronel junto a su familia. Las ramas de los robles y castaños se movían quejumbrosas en una especie de sinfonía que en segundo plano tenía los sonidos de los truenos y en el primer plano el golpeteo de las gotas de lluvia en mi capa. Una estereofonía compleja , como una ambientación de un film de terror, con el agregado del aleteo asustado de algunas torcazas monteras que intentaban cobijarse en el follaje, cosa que las ráfagas huracanadas les impedían hacer con habilidad. El ruido de la lluvia impactando sobre mi capa de goma (a la que llamábamos "el poncho de agua") dificultaba la audición y comprensión completa y cabal de los cientos de sonidos que la tormenta generaba. Unos pasos sigilosos acercándose por atrás del centinela, que en aquellas circunstancias venía a ser yo, no se hubiesen escuchado, con lo cual, ni mi fusil, ni mi pistola 45, ni la balloneta, hubiesen servido de nada, porque tranquilamente un atacante podría haberme degollado o clavado un puñal por la espalda. Ante tales nerviosas evaluaciones de la situación, mi estrategia consistió en arrimarme a la casa lo mas que pudiera y pegar la espalda a una de las paredes del frente , cerca de una de las ventanas de los dormitorios. En esta posición, al menos nadie podría acercarse por atrás mio, y, aunque los flancos también estaban complicados, ya disminuía la posibilidad de ataque sorpresa. En ese momento no lo pensé, pero ya había visto a alguien hacer lo mismo unos años antes.
Así las cosas , me acomodé de espaldas contra la casa, con la esperanza de que mi ansiedad disminuyera, pero ya sea por mis recientes y desafortunadas, dadas las circunstancias, lecturas de E.A. Poe y H.P. Lovercraf , o por la fantasmagórica escenografía natural imperante , mis temores se fueron transformando rápidamente en una mezcla de insoportable ganas de salir corriendo y de nervios, ya sin el menor resto para considerar si los peligros eran reales o ficticios. Pero ¿que mas daba? Los crímenes de la calle morgue, las brujas amigas de Don Juan, los cuentos de terror y los relatos de aparecidos de los soldados en la matera ya habían hecho estragos irreparables. Fue entonces, cuando una de las hijas de coronel, quizá en medio de una pesadilla y justo atrás mío, al otro lado de la ventana del dormitorio, gritó.
Faltaban muchos años para que el crimen del soldado Carrasco aboliera el servicio militar en Argentina, de manera que el acto de abandonar el puesto de guardia, cosa que sin dudar mucho hice en aquella madrugada tétrica impelido por aquel grito a mis espaldas, me podría haber costado un castigo de consecuencias inimaginables para mi integridad física. Afortunadamente, nadie advirtió mi acto de cobardía, con lo cual la grave falta no pudo ser sancionada. Ni tampoco nadie atacó aquella noche al coronel y a su familia, cosa que mucho tiempo después, supe que podría haber ocurrido, y en ese caso, no hubiese quedado registro de esta pequeña historia. En ambos casos, el azar, (eso que algunos llaman Dios, otros destino y otros karma) , estuvo de mi lado.
Eso sí, me replanteé largamente el tipo de lecturas que debía evitar , de ahí en más, para siempre.
Faltaban muchos años para que el crimen del soldado Carrasco aboliera el servicio militar en Argentina, de manera que el acto de abandonar el puesto de guardia, cosa que sin dudar mucho hice en aquella madrugada tétrica impelido por aquel grito a mis espaldas, me podría haber costado un castigo de consecuencias inimaginables para mi integridad física. Afortunadamente, nadie advirtió mi acto de cobardía, con lo cual la grave falta no pudo ser sancionada. Ni tampoco nadie atacó aquella noche al coronel y a su familia, cosa que mucho tiempo después, supe que podría haber ocurrido, y en ese caso, no hubiese quedado registro de esta pequeña historia. En ambos casos, el azar, (eso que algunos llaman Dios, otros destino y otros karma) , estuvo de mi lado.
Eso sí, me replanteé largamente el tipo de lecturas que debía evitar , de ahí en más, para siempre.
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