El Negro Pereda conversaba con nosotros en las horas libres y en los recreos. El representaba lo que los adolescentes llamábamos “un tipo piola”, es decir, aquel mayor que estando a cargo de que las almas juveniles no incendien un colegio, no muera él mismo en su osada faena . Para hacer ese trabajo había que tener tacto, ser jovial, y sobre todo, estar incondicionalmente predispuesto. Y conversar mucho con nosotros. Las conversaciones, hábilmente gestionadas por el Negro y que extrañamente lograban aplacar toda la hiperquinesia juvenil, giraban en torno a la política, a esa convulsionada sociedad de los años 70, el fútbol, las mujeres, etc. Este último ítem, justo antes del “etc.” no era de menor importancia, si se considera que estábamos en el Seminario La Asunción, un colegio estrictamente de alumnado masculino, por aquellos años. El Negro reunía todos aquellos requisitos, y mucho más.
Por eso, aquel medio día caluroso de diciembre de 1976, que podía ser nuestro ultimo día de clases antes de recibirnos de Bachilleres Humanistas Modernos, entre bromas en latín y otro tipo de chanzas, lo elegimos para que nos sacara una foto. Es una de las pocas fotos en que estamos todos. Nos la sacamos en el kiosco de chapa que le habíamos mendigado durante tanto tiempo hasta conseguirlo, a la planta envasadora de Coca Cola que quedaba justo enfrente de nuestro colegio, cruzando la Ruta Provincial 229. Era el local en que vendíamos golosinas y alfajores a los alumnos de los cursos inferiores, a efectos de costearnos el viaje de egresados.
Entonces nuestro apreciado preceptor y amigo saco aquella fotografía. Y fue la última vez que lo vimos. Ese mes de diciembre hubo actos varios de fin de curso, de egresados, cenas y festejos.
Unos meses después, cada uno de nosotros emprendió diferentes caminos: la colimba, la universidad, los negocios, los empleos, los viajes, la pequeña empresa familiar. Doce vidas diferentes, en algunos casos con ciertas similitudes, pero jamás idénticas.
Al año nos reunimos en la quinta del Colorado, aquella a la que corresponden las fotos del Colo, el Pucho y el Turco disfrazados de señoritas de vida distendida. Fue allí, en la sobremesa del asado y en los preparativos del truco -que a mi tanto me aburría, y por eso me llevaba a estos eventos mi grabador Sony a cassette con abundante música de rock - alguien, no recuerdo si el Gallego o el Mono, dijo:
- ¿Sabían que se lo llevaron al Negro Pereda?
Entonces hubo un silencio, solo cortado por el ruido de los naipes que mezclaba el Petiso Rivas sobre la mesa. Y contó, el Gallego o el Mono, que entraron a su casa en la madrugada, encerraron a su mujer – que había sido nuestra profesora de matemáticas – y a su hija de 5 años en el baño, lo encapucharon y lo cargaron en el baúl de un auto sin patente.
Nadie dijo nada por un largo rato. Aunque los hechos hubieran ocurrido ya hacia bastante tiempo, la mayoría de nosotros no lo sabía. Seguramente a todos nos pasaron algunas imágenes de los momentos que durante los 7 años del Seminario habíamos compartido con el Negro. Ninguno sabía nada sobre su destino, ni por donde preguntar, ni a quién.
También supimos, eso mucho después, que al Negro se lo habían llevado a un lugar llamado La Escuelita. Pero eso fué mucho después, cuando volvió la democracia y se corrieron algunos velos.

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