lunes, 26 de septiembre de 2016

Fuego amigo.

  Era  un día extraño y gris; y un viento húmedo y poco amable castigaba los rostros. Una jornada típica de la transición otoño invierno en la pampa húmeda, excepto que era la primera semana de diciembre de 1978 y estábamos en Rio Gallegos. En una larga fila zigzagueante, los  soldados esperábamos el almuerzo, con nuestras marmitas de acero en la mano y apenas intercambiando algunas informaciones y conjeturas sobre la guerra que se avecinaba. No recuerdo quien portaba una pistola ametralladora automática, si algún chófer de los jefes o uno de la cola del almuerzo, pero en un momento el arma se disparó - por suerte un solo tiro y no una ráfaga- y el proyectil fue directo al páncreas de mi amigo Gonzalo, ubicado a unos diez metros del tirador involuntario. Por fortuna se interpuso milagrosamente su marmita   , desviando la bala hacia otro destino y absorbiendo su fuerza cinética, cayendo exhausta al suelo polvoriento patagónico como una piedra maldita exorcizada repentinamente. Hubo un gran silencio, el muerto que no fue se puso un momento blanco y enseguida recobro su color normal. Hubo algunas risas y chanzas y acá no paso nada.  
    Almorzamos un arroz desabrido, con pan viejo, conversando y especulando sobre nuestro próximo derrotero de misiones bélicas patagònicas. 

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