sábado, 25 de noviembre de 2017

Vicisitudes de un Ingeniero en la Luna

-Ingeniero Malvestitti, preséntese en la Dirección de La Cúpula.

  Los años de polifuncionalidad y una apatía creciente, habían adormecido mi conciencia profesional y mi interés en ocupar cargos de mayor responsabilidad. Así que no salté de mi puesto de trabajo ni imaginé nada fuera de lo común, ni siquiera por el apelativo de ingeniero usado por el robot de difusión interna. Simplemente me encaminé hacia las oficinas - en lo alto de las cúpulas- con la mente en blanco.

  Por las mismas leyes kafkianas que habían regido el desarrollo, proyecto y ejecución de la construcción de esta pequeña ciudad lunar, ahora recibía, entre estupefacto y conforme, una noticia  que no me causaba sorpresa. En efecto, luego de atravesar los controles de escaneo de iris y voz, accedí al luminoso salón en que El Controlador me informó que se me asignarían nuevas tareas, y que, tras 20 años en los talleres del subsuelo lunar, debería pasar a ocupar un cargo en el Centro de Investigación Forestal.

  El detector de emociones del aposento permaneció en cero, y El Controlador-la terminal visible y comunicativa de una extensa red de ordenadores autónomos que dirigían la ciudad- me dio las novedades.

-Ingeniero Malvestitti, ha sido asignado a nuevas y necesarias tareas para las cuales está capacitado. Esperamos que esté de acuerdo. Pase a la brevedad por los módulos de adiestramiento y por el centro de asistencia psicológica. Lo ayudarán a adaptarse a su nueva condición rápidamente.

  No tenía que responder. El Controlador recibía mis pensamientos en tiempo real a través de sus chips telepáticos, así que simplemente hice un gesto de consentimiento y me despedí amablemente.

  Conocía en detalle el Proyecto Forestal Lunar, años atrás había ayudado a darle forma al plan, pero mis habilidades manuales en temas de construcción habían decidido unos destinos más urgentes para mí dentro de la organización.

  El plan “verde” consistía en la última etapa de la conquista lunar, la que había comenzado con las cúpulas, y la obtención de agua y oxígeno de las profundidades y los polos lunares. Pero la etapa final, lo más difícil, era la creación de plantas que pudieran consumir el CO2 generado por los habitantes humanos y los animales bajo las cúpulas y convertirlo en biomasa y  en preciado oxígeno. Tras esta primera proeza técnica, tal vez, se podrían desarrollar miles de millones de clones para forestar primero las cúpulas, y luego afuera, hasta comenzar a generar una masa boscosa que dé origen a una atmósfera habitable, sin tener que vivir en esas peceras transparentes, anodinas, y  con el aire poniéndose cada vez más   poco saludable.

  Ahora, Giusseppe Malvestitti, - me dije - tenés que empezar a olvidarte de las viejas rutinas de los talleres, los gritos en medio de las ruidosas máquinas, un poco en broma, un poco para descargar tensiones. También despedite de los argot , los códigos, los mates con sabor a virutas de olorosas maderas, las melancólicas luminarias matutinas, los relámpagos de la soldadora eléctrica, los humos y calores de los esforzados motores, las chirriantes correas y los engranajes. Y , asì , comenzarían a quedar para siempre en el recuerdo el ruido del yunque, el golpeteo dantesco del herrero y la impiedad de la escuadradora con sus prolijamente asesinos dientes de widia.

  Mientras descendía al área de talleres  para despedirme de mis , repentinamente, antiguos compañeros , pensé en que una buena forma de comenzar una nueva vida, tal vez un poco  más (¿o menos?) interesante que la anterior, era salir más tarde a comprarme algo de ropa, para empezar a olvidar mis permanentes atuendos de operario. No fuera cosa que diera excusa a mis nuevos socios de trabajo para presumir- e incluso hacerme notar que mi apellido estaba bien puesto en su lugar. El Controlador, omnipresentemente atento, me hizo saber que estaba de acuerdo conmigo. Fue un suave, gracioso y agradable  “bip”, justo en el fondo del oído interno izquierdo.


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