-Ingeniero Malvestitti, preséntese en
la Dirección de La Cúpula.
Los años de polifuncionalidad y una apatía creciente, habían adormecido
mi conciencia profesional y mi interés en ocupar cargos de mayor
responsabilidad. Así que no salté de mi puesto de trabajo ni imaginé nada fuera
de lo común, ni siquiera por el apelativo de ingeniero usado por el robot de
difusión interna. Simplemente me encaminé hacia las oficinas - en lo alto de las
cúpulas- con la mente en blanco.
Por las mismas leyes kafkianas que habían regido el desarrollo, proyecto
y ejecución de la construcción de esta pequeña ciudad lunar, ahora recibía,
entre estupefacto y conforme, una noticia
que no me causaba sorpresa. En efecto, luego de atravesar los controles
de escaneo de iris y voz, accedí al luminoso salón en que El Controlador me
informó que se me asignarían nuevas tareas, y que, tras 20 años en los talleres
del subsuelo lunar, debería pasar a ocupar un cargo en el Centro de
Investigación Forestal.
El detector de emociones del aposento permaneció en cero, y El
Controlador-la terminal visible y comunicativa de una extensa red de
ordenadores autónomos que dirigían la ciudad- me dio las novedades.
-Ingeniero Malvestitti, ha sido
asignado a nuevas y necesarias tareas para las cuales está capacitado.
Esperamos que esté de acuerdo. Pase a la brevedad por los módulos de
adiestramiento y por el centro de asistencia psicológica. Lo ayudarán a
adaptarse a su nueva condición rápidamente.
No tenía que responder. El Controlador recibía mis pensamientos en tiempo
real a través de sus chips telepáticos, así que simplemente hice un gesto de
consentimiento y me despedí amablemente.
Conocía en detalle el Proyecto Forestal Lunar, años atrás había ayudado
a darle forma al plan, pero mis habilidades manuales en temas de construcción
habían decidido unos destinos más urgentes para mí dentro de la organización.
El plan “verde” consistía en la última etapa de la conquista lunar, la
que había comenzado con las cúpulas, y la obtención de agua y oxígeno de las profundidades
y los polos lunares. Pero la etapa final, lo más difícil, era la creación de
plantas que pudieran consumir el CO2 generado por los habitantes humanos y los
animales bajo las cúpulas y convertirlo en biomasa y en preciado oxígeno. Tras esta primera proeza
técnica, tal vez, se podrían desarrollar miles de millones de clones para
forestar primero las cúpulas, y luego afuera, hasta comenzar a generar una masa
boscosa que dé origen a una atmósfera habitable, sin tener que vivir en esas
peceras transparentes, anodinas, y con
el aire poniéndose cada vez más poco
saludable.
Ahora, Giusseppe Malvestitti, - me dije - tenés que empezar a olvidarte de
las viejas rutinas de los talleres, los gritos en medio de las ruidosas
máquinas, un poco en broma, un poco para descargar tensiones. También despedite
de los argot , los códigos, los mates con sabor a virutas de olorosas maderas,
las melancólicas luminarias matutinas, los relámpagos de la soldadora
eléctrica, los humos y calores de los esforzados motores, las chirriantes correas
y los engranajes. Y , asì , comenzarían a quedar para siempre en el recuerdo el
ruido del yunque, el golpeteo dantesco del herrero y la impiedad de la
escuadradora con sus prolijamente asesinos dientes de widia.
Mientras descendía al área de talleres
para despedirme de mis , repentinamente, antiguos compañeros , pensé en
que una buena forma de comenzar una nueva vida, tal vez un poco más (¿o menos?) interesante que la anterior,
era salir más tarde a comprarme algo de ropa, para empezar a olvidar mis
permanentes atuendos de operario. No fuera cosa que diera excusa a mis nuevos
socios de trabajo para presumir- e incluso hacerme notar que mi apellido estaba
bien puesto en su lugar. El Controlador, omnipresentemente atento, me hizo
saber que estaba de acuerdo conmigo. Fue un suave, gracioso y agradable “bip”, justo en el fondo del oído interno izquierdo.
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